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Creemos oportuno hacer un breve  repaso histórico de la fe o advocación que todos los higuereños profesamos a nuestra imagen desde sus albores a la actualidad.

De ésta como de otras devociones marianas del lugar,  no resulta tarea fácil confeccionar una historia que se desarrolle sucesivamente y que carezca de contratiempos.

Empecemos por el comienzo, cuando la veneración quedaba circunscrita a la ermita que acogía nuestra imagen. Poco a poco, la advocación de la imagen de nuestro Señor fue ganando paulatinamente terreno a la de dicha ermita. Del Santo Cristo de la ermita de San Bartolomé, los higuereños del primer tercio del siglo XVII pasarán a esta otra denominación: el Santo Cristo de la Humildad venerado en dicha ermita.

 

La iglesia en la que fue acomodada nuestra imagen, Iglesia de San Bartolomé, recibiría un impersonal título: Iglesia del colegio, por ser propiedad del colegio de los jesuitas. Tal iglesia , como el colegio mismo sería víctima de corrientes destructivas que en la transición del Antiguo al Nuevo Régimen , dejaron su impronta en nuestros lares.

 

Será la devoción popular o, mejor, será la imagen de nuestro Señor la que fusione dos fuerzas de honda raigambre en la religiosidad del pueblo , bajo un único título : la medieval Cofradía de la Vera Cruz y la Sacramental, se reconocerían en la del Santo Cristo. 

 

En septiembre de 1993, se celebró el tercer centenario del traslado de la imagen de Nuestro Señor a la nueva iglesia de San Bartolomé que data del s.XVII gracias a la generosidad para con la citada imagen del higuereño don Francisco Fernández Dávila. Diversas circunstancias impidieron contar para tan especial ocasión con una historia, en buena medida inédita, de los acontecimientos que han girado durante casi cuatro siglos , en torno a la venerada imagen. 

 

La rica documentación , a través de la cual los estudiosos han podido seguir rigurosamente tanto la historia de la devoción higuereña, como la de las instituciones que se desarrollaron alrededor de la misma, solo requería establecer el contexto adecuado en la que encuadrarla. Ardua tarea que tiene como principal protagonista a todo un pueblo, el higuereño. 

 

La devoción a la imagen de Nuestro Señor , se halla ya  sólidamente asentada en Higuera la Real en las primeras décadas del siglo XVII , pues así lo constatan las disposiciones testamentarias de sus vecinos, de entre los cuales, dos de ellos enaltecen la historia de nuestro pueblo: el primero de ellos don Francisco Fernández Dávila , quien mandó erigir suntuosa iglesia a la imagen de nuestro Señor. No se quedó corto en generosidad tanto para con las advocaciones de su devoción, como para con la iglesia mayor de Higuera la Real , don Tomás García de Cárdenas. 

 

La preferencia por la celebración de la misa el viernes queda recogida en varias disposiciones, tales como la de Ana Sánchez, viuda de Francisco Rodríguez Tanco , que establece se celebre una misa todos los viernes del año durante un año en el altar. Asimismo, doña María de Ávila , madre de Francisco Fernández de Ávila mandó que se dijesen 1000 misas por su alma que serían pagadas a dos reales. 

 

Artífice de la Fundación

 

Declara don Fernández Dávila que hizo promesa a Nuestro Señor  de construirle una iglesia nueva y fundar allí un colegio de padres de la Compañía de Jesús para enseñar gramática a los niños de esta villa y de los demás cercanos a ella, y que lo que sobrase se destinara a reedificar el hospital de Santa Catalina de dicha villa. La promesa data de 1631, cuando la nave en la que navegaba nuestro paisano, naufragó en su camino a la india y por que su vida no peligrase ni se perdiera la plata que portaba, promete a nuestro Señor de la Humildad la fundación de su iglesia.

 

Asimismo don Francisco queda dicho le sean ofrecidas dos mil misas por su intención y por la de cuantos ayuden a la obra de nuestra iglesia.

 

En abril de 1688 certifican los cabildos tener ya hecha  una iglesia que llevaría el nombre de “Iglesia de San Bartolomé”; pero también se nos da cuenta cómo habiendo  pretendido los Padres de la Compañía  obtener licencia para fundar dicho colegio, se les denegó. No obstante, para agosto de ese mismo año, el problema se resuelve a favor de la Compañía de Jesús. El primer día de ese mismo mes , otorgaba testamento el que durante mucho tiempo había administrado los caudales de la fundación, el pbro. Diego Pérez Ancho quien legó al colegio una finca llamada el chaparral de Carrillo , que había comprado en el término de la villa de Cumbres Mayores por el precio de 2000 ducados. Aunque Pérez Ancho hace tal donación movido por el amor y voluntad que siempre tuvo para con los jesuitas, con quienes se había educado,  aquella estaría obligada a: “vestir y adornar la capilla y altar que mandó doña Luisa Fernández de Córdoba...de todo lo necesario. 

 

Pérez Ancho confía a los Padres de la Compañía las diligencias para recuperar las escrituras de los juros que entregaron al religioso de la Santísima Trinidad, P. Zambrana. A partir de este momento las obras se aceleraron gracias a la  gestión de los Padres de la Compañía, pudiendo darse por concluidas en septiembre de 1693, momento a partir de cual continuarían “vistiendo” el espacio de la iglesia.

 

Desde el momento en el que los jesuitas se hicieron cargo de la fundación hasta el momento de su expulsión , las acciones dirigidas a consolidar la economía y a  hacerse de un rico patrimonio en tierras se multiplicaron, además de contar con herencias que la” élite” local acostumbraba a dejarles en sus testamentos. 

 

Una vez terminada  la iglesia de San Bartolomé, continuaron las obras del colegio , que gestionarían los padres de la Compañía, una vez que lograron licencia regia para hacerse cargo de la fundación. La imagen del Santo Cristo de la Humildad siguió en la vieja ermita hasta el día de su traslado (14 de septiembre de 1693).

 

Cuando la devoción al Cristo de la Humildad congregaba masas era con motivo de sus salidas profesionales que se prodigaron durante todo el siglo XIX, aunque no siempre a gusto de todos: cuando los cofrades las disponían , las contrariaba el párroco y viceversa , ofreciéndosenos así una panorámica de las tensiones que , de modo generalizado, protagonizaron durante dicho siglo la institución parroquial y las cofradías. De tales tensiones es buena muestra el memorial que para denunciar al párroco dirigen al obispo en 1860 el Ayuntamiento, contribuyentes de la villa y la Cofradía Sacramental y del Santo Cristo de la Humildad, recordándose la salida del Santo Cristo en 1854 desde su iglesia a la parroquia con motivo de la epidemia de cólera que se apoderaba del entorno. 

 

La devoción al Santo Cristo de la Humildad, sólidamente arraigada entre los higuereños , traspasaba ya los límites de sus fronteras, dejándose sentir más allá de los pueblos circunvecinos. 

 

En 1767 el monarca Carlos III daba el decreto por el que los jesuitas eran expulsados del país y se ocuparían sus propiedades.

 

Cabe imaginar qué supuso aquella expulsión para nuestra villa. Dos maestros  vendrían a Higuera a intentar cumplir las pretensiones  fundacionales de Fernández Dávila sobre aquella educación intelectual y moral que requería un buen número de personas dedicadas a la misma, ya que se pretendía enseñar no sólo a los hijos de los vecinos de la villa , sino también a los de los pueblos de alrededor. No pasaría mucho tiempo para que la saneada hacienda del colegio, consolidada por los de la Compañía , acabara por engrosar el caudal de muchos particulares, mientras la ruina se cernía sobre aquella fundación indiana.

 

Como se podría prever justo a los dos años de su expulsión se procedió a la venta de los bienes jesuíticos.

 

Nos queda el recuerdo de aquellos  que, como Rectores del colegio, cumplieron en buena medida la voluntad fundacional de Fernández Dávila y entronizaron al Santo Cristo de la Humildad en aquel bello retablo barroco circundado de santos jesuíticos de tierras lejanas. 

Nuestro edificio 

No llegamos a poseer en mano la planta de la nueva iglesia, en la que se situaría la imagen de nuestro Señor; planta que el ilustre Fernández Dávila anunció enviar junto con su carta de 1966 , siendo difícil asegurar si el nuevo templo se ajustó o no al modelo de su artífice. No obstante sí que podemos afirmar que los deseos de nuestro vecino sobre ciertas características del edificio se vieron realizados en buena medida.

 

Nuestro indiano hizo hincapié en el aire de modernidad que habría de primar en el nuevo edificio. Requisito éste fácil de entender teniendo en cuenta los años de ausencia de nuestro paisano: recordaría    iglesias que , aún en el último cuarto del s.XVI, prolongaban el arte pretérito; iglesias al margen de la modernidad y enclaustradas en el pasado, con lo que nuestro ilustre paisano pretendía romper. Pero lo cierto es que nuestro indiano ignoraba el gran giro experimentado por nuestra arquitectura, cuyo ejemplo más cercano fue el de la iglesia conventual de Santa Marina en Zafra, modelo a seguir para otros edificios en Mérida y demás lugares.

 

Por aquellos años llegaba el clasicismo seiscientista acompañado de las obras de tratadistas italianos, dominando pronto en nuestras manifestaciones artísticas los primeros aires protobarrocos.. La nueva iglesia no escapó a la nueva corriente.

 

No disponemos de noticia alguna sobre el origen de la portada principal, que sería colocada en el vano con posterioridad a la  edificación de la iglesia. Cabe la posibilidad de un anterior emplazamiento en algún edificio del mismo orden, pues así lo dejan ver ciertos elementos iconográficos, como los bustos romanistas representativos de dos emperadores romanos como sugieren los nombres esculpidos: JVLIUS/ CESAR; NERON/ENPERADOR.

 

El escudo de Castilla y León resulta ser un motivo heráldico que , junto a otros de simbología religiosa, se reitera sobre los muros del colegio, constituyendo la plazuela horizontal de la iglesia.

 

No queda nada del antiguo claustro del colegio jesuítico. No obstante, se conserva y cuida con gran esmero el conjunto principal del edificio, edificio que destaca por su gran sobriedad.

 

La carencia de torre de la iglesia es compensada con un cuerpo de campanas, a modo de espadaña, sobre ambos lados del ángulo exterior de la cabecera. Pero son , sin lugar a dudas, los retablos los que le otorgan definitivamente la condición de jesuítica a nuestra iglesia. Éstos suman cinco: el mayor lo presiden las efigies de San Bartolomé como patrono, María Santísima de la Concepción, Jesús Crucificado; el tercero alberga la efigie de San Ignacio. El cuarto retablo , próximo al del Santo Cristo de la Humildad, lo ocupa la Virgen de los Dolores, mientras que el otro colateral , ahora ocupado por la imagen del Nazareno, en 1884, lo estaba por la de la Santísima Virgen de la Concepción.

 

En cuanto a su datación todo parece ser aproximativo, pudiendo encuadrar el retablo mayor y el del Santo Cristo en la novena década del siglo XVII, aunque los textos de los que los estudiosos hubieran podido recabar más información, no resultan demasiado explícitos. El tercer retablo, el de San Ignacio , resulta ser obra posterior. No obstante, y pese a sus diferencias, los dos primeros  y aun el tercero parecen haber sido obra de un mismo taller con respecto a su origen o procedencia.

 

Si tenemos en cuenta la dependencia de los jesuitas de esta villa con respecto a la Casa Profesa de Sevilla para cuestiones administrativas, parece coherente pensar que ésta colaborara en obras de tal magnitud, por lo que sería Sevilla el lugar de las obras. A ello sumamos el parecido del retablo mayor higuereño con el de Encinasola, villa que entonces pertenecía a la jurisdicción sevillana.

 

Por la arquitectura del templo, nos hallamos ante un espacio que bien podríamos llamar “jesuítico”. Pero sin duda alguna es el referente iconográfico de la imaginería el mayor exponente que los hijos de Ignacio de Loyola pudieran legar de su presencia en esta villa. Las figuras poseen cierta monumentalidad, grandilocuencia y un aire, aún contrarreformista que las anima. Como en el caso de los retablos , el anonimato se cierne sobre ellas, posiblemente labradas en fechas cercanas a los mismos.

 

Los otros dos retablos colaterales, ocupados ahora por la imagen de Ntra. Señora de los Dolores y por la de Jesús de Nazareno , son piezas que datan de 1725.

 

De todos es conocido también  el inimitable conjunto de piezas suntuarias de carácter religioso  de nuestra iglesia: cálices, candeleros, custodia, lámparas, potencias del Santo Cristo...sobre las que no entramos en detalle por no extendernos demasiado y por creer más conveniente remitir al libro de don Francisco Tejada Vizuete para aquel lector que quiera satisfacer su curiosidad con una descripción pormenorizada de estas piezas. Libro que, por otra parte, ha sido referencia obligada de nuestro escrito y sin el cual nos hubiera sido difícil obtener datos valiosos en lo que a nombres , fechas y más detalles se refiere. 

 

De iglesia jesuítica a ayuda de parroquia: 

Tras la expulsión de los jesuitas y la liquidación de los bienes del colegio, un cierto silencio se apodera de la vida y devenir de nuestra iglesia , que quedó clausurada desde el momento de la expulsión (1767) hasta dos años después en que se abrió nuevamente al culto.

En 1796 tenemos testimonios que avisan de la conversión  de la iglesia en ayuda de parroquia, según un decreto que ordena la separación material y formal de iglesia y colegio quedando este último convertido en  habitación donde hospedar  a maestros de latín y primeras letras.

 

Cabe preguntarnos si realmente la iglesia se conservó con esmero durante los dos años que estuvo clausurada. Del altercado protagonizado por don Gregorio Manuel Boza, sacristán de la iglesia , y  el presbítero don  Manuel Rodríguez de Cárdenas, se desprende que  al menos un cierto abandono del edificio si que existía , ya que la disputa acabó con el achaque que don Gregorio dirige al presbítero por no haber invertido en la reparación de las bóvedas de la iglesia lo que gastó en limpiar las lámparas del Santísimo Cristo de la Humildad, indicio también de la debilidad económica de la iglesia. La iglesia del colegio, pues, subsistía  gracias al pueblo que , al considerar al Cristo como patrono principal de la villa, mantenía el templo con limosnas que serían administradas por los dos cabildos.

 

Todos estos problemas que atenazaban a nuestra iglesia se acrecientan como consecuencia de la inminente guerra de la Independencia, seguida de las contiendas internas entre regalistas y liberales que afectaron de modo particular a nuestra villa. A estos dos detonantes sumamos el advenimiento de Reales Órdenes desamortizadoras, concretamente la de 1822, según la cual la jurisdicción eclesiástica tendría que proceder a realizar el inventario de los bienes de las fundaciones piadosas y a trasladar las imágenes a otros templos, ya que el Establecimiento del Crédito Público tomaría posesión de los edificios.

 

La solución definitiva para nuestra iglesia y que irá al traste con cualquier tentativa desamortizadora , tiene lugar a mediados de siglo de la mano de don José María Claros, quien crea una “supercofradía “, formada a partir de las ya fusionadas de la Vera Cruz y la Sacramental, unidas a una nueva, la del Santo Cristo de la Humildad. Ignoramos si hubo o no concesión episcopal a la petición de don José María Claros. Pero lo que si es cierto es que tal petición era ya una realidad en 1860, como se deduce de los acontecimientos que entonces tuvieron lugar.

 

Como tal única hermandad, los cofrades de la sacramental, Vera Cruz y Santísimo Cristo de la Humildad, cuyo mayordomo era José Claros y Claros, se dirigían de nuevo al obispo en diciembre de 1867, para solicitar que fuera reconocido el patronazgo principal de la villa  a favor de la imagen del Cristo, patronazgo que venía ejerciéndose por la sagrada imagen desde tiempo inmemorial y que temieron , sin fundamento alguno que, , podría ponerse en entredicho, al ser también patrona de la villa la titular de la Parroquia, Santa Catalina Mártir. El pleno reconocimiento civil y eclesiástico de la asociación religiosa titulada”Siervos del Santísimo Sacramento y de el Santo Cristo de la Humildad”, cuyos estatutos se presentaban a la autoridad diocesana en junio de 1871, no tuvo lugar hasta julio de ese mismo año , comenzando entonces hasta nuestros días una cofradía con dicho nombre. Lo cierto es que nunca nuestra imagen había necesitado de cofradía, por ser precisamente todo un pueblo el que reconocía el patronazgo principal sobre sí y sobre los pueblos vecinos, incluso, del Señor de la Humildad. Pero por experiencia , se sabía que la existencia legalizada de su culto en la iglesia que fue de la Compañía, podía ser una fuerza consistente contra las acciones desamortizadoras.

 

Se estabilizaba así un poder local que podría hacer frente a los embates del momento. Un poder que, hábilmente utilizado por el caciquismo local, ocasionaría más de un trastorno a las “autoridades” religiosas locales. Pero ante todo se culminaba el proceso de concentración de fuerzas dispersas, que venía dándose desde el s.XVII. En el articulado de los estatutos de la recién nacida cofradía se protesta no emplear, bajo ningún pretexto, su actividad para fines profanos ni políticos, con el fin de mantener siempre puro el espíritu de su institución. No hay límites en cuanto al número posible de asociados, hasta el punto de considerar como tales a aquellos que diesen como limosna una cuartilla de trigo , además de cumplir con otras obligaciones que se establecen: asistencia puntual a las funciones religiosas de Semana Santa, procesión del Corpus, etc, además de prácticas caritativas como “vestir a  pobres o repartir una limosna de pan entre los mismos”.  

 

Tensiones y conflictos locales

 

En 1876, y por l o comunicado por parte del Sr. Cura al obispado, la plata y alhajas de la iglesia parroquial y las de las dos cofradías se pusieron a buen recaudo. Las relaciones entre los mayordomos de las cofradías y el municipio se vieron deterioradas, a lo que contribuyó el hecho de que individuos del municipio sacaran las varas del palio de la sacramental, dando a conocer así el lugar donde se guardaban sus alhajas, por lo que se procedió al traslado de la misma construyendo una pared ancha en la habitación que se hallaba en la parte derecha del presbiterio del colegio, en cuyo hueco sería guardada toda la plata en el interior de dos arcones cerrados con llave. Tres años más tarde el secretario de la cofradía reclama al párroco la llave del cuarto donde se guarda la plata con tajantes amenazas con las que se espera que el párroco desista de su negativa y dé a la cofradía el lugar que reivindica.

 

Dos cartas del párroco al obispado en 1880, nos dan cuenta de que la tensión era palpable: amenazan con disolver la cofradía y piden al alcalde que arranque la llave al cura por la fuerza , sugiriendo incluso la idea de tumbar las puertas de la iglesia del colegio. No obstante los ánimos se apaciguan cuando se empieza a entender que el párroco no hace sino cumplir lo dispuesto por el prelado.

 

Pero no fue éste el único punto mira de la cofradía , pues también están dispuestos a cobrar un crédito de parte de don José M. Claros:40000 reales a favor del colegio y de los pobres que habían sido confiados al citado don José María , más el importe del órgano de la iglesia del colegio , vendido a la iglesia de la Coronada de Villafranca de los Barros por 11.500 reales. Sea como fuere , lo cierto es que se debió llegar a un acuerdo entre ambas partes en 1884.

 

Se cuenta con un expediente declaratorio del derecho de propiedad que tenía la iglesia del colegio sobre las alhajas custodiadas por las cofradías Sacramental y del Santísimo Cristo de la Humildad, procediendo éstas a un” inventario de alhajas, ropas y efectos pertenecientes al colegio” en 1884.

 

Merece sacar a colación el gesto final de don José M. Claros, quien al otorgar testamento pensó en la fundación de un colegio de niñas en nuestra villa y otro en la villa de Cala, así como en la restauración del antiguo colegio, propósito este último que no llegaría a cumplirse.

Los enseres del Santo Cristo quedaban pues, bajo el cuidado de la cofradía , a la cual debemos que los objetos nos lleguen hoy en su totalidad en perfecto estado para el deleite de los que contemplamos lo que es testimonio vivo de la fe de un pueblo encarnada en la generosidad de un extremeño, don Francisco Fernández Dávila. Logró sobremanera transmitirse lo que fue esencial para Fernández Dávila , la devoción al Santo Cristo de la Humildad. Una fe que se afianza cada día más en el espíritu de todos los higuereños y esperamos se mantenga viva en las generaciones venideras.

La fecha de inicio de nuestra hermandad se remonta al dieciséis de junio de 1871, denominándosela Hermandad de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y Mª Santísima de los Dolores y ascendiendo su número de hermanos en el 2004,  a un total de 2032.

 

Los objetivos que viene marcándose desde sus inicios son básicamente tres:

  • Conservación del patrimonio
  • Organización de actos culturales y religiosos
  • Y la ayuda al necesitado. 

Para ello cuenta básicamente con los donativos de entidades y empresas locales, la cuota anual de sus hermanos , rifas y venta de recuerdos y objetos con la imagen de Nuestro Señor. 

 

Las actividades que vienen desarrollándose se basan fundamentalmente en la organización de actos culturales y religiosos durante Semana Santa y fiestas patronales. 

 

La Junta Directiva la componen:

  • MAYORDOMO: Cayetano Pantojo López.
  • VICEMAYORDOMO: David Alfonso Amaya.
  • SECRETARIO: José Manuel Duque Mayal.
  • VOCAL 1º - VICESECRETARIO: Celestino Rodríguez Azuela.
  • TESORERO: María del Carmen Martínez Minero.
  • VOCAL 2º - VICETESORERO: Pilar Martínez Minero.
  • VOCAL 3º: José Martín Ramos.
  • VOCAL 4º: José Antonio Garrido Perera.
  • VOCAL 5º: José Cantonero Torres.
  • CONSILIARIO: Francisco Pantrigo Patiño.

MIEMBROS PERTENECIENTES A LAS COMISIONES.

ANDRÉS CARRASCAL VARGAS            Mª JOSÉ PANTOJO DUQUE
MANUEL CARRASCO CHACÓN            Mª ÁNGELES DOMÍNGUEZ RUIZ
MANUEL GALEA CARRETERO              Mª LUISA FALERO RASERO
JOSÉ PARRA HERNÁNDEZ                  Mª JOSÉ RODRÍGUEZ RODRÍGUEZ
MANUEL J. RUIZ ROMERO                 FRANCISCA DOMÍNGUEZ REAL
JUAN CARLOS RUIZ CARRASCAL        MARIA CORDOBÉS VILLAFAINA
ANTONIO CHACÓN ROMERO              ROSARIO PANTOJO LÓPEZ
JOSÉ ANTONIO CANTONERO LUNA     ISABEL MARIA MARTÍNEZ VÁZQUEZ
MARÍA PÉREZ RASERO                     CARMEN PÉREZ RASERO

PRESIDE:                                                      PRESIDE:
JOSÉ ANTONIO GARRIDO PERERA        PILAR MARTÍNEZ MINERO

Precio Cuota: 6€

Sede: C/ Fernández Dávila S/N

Teléfono de contacto: 924723045